Milagros

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San Antonio es el mensajero y vicario de Dios entre los hombres y sus dificultades.

San Antonio sigue donando dos tipos de gracias. Ante todo, por un evidente designio de la Providencia, San Antonio orienta el sentido religioso de mucha gente hacia Cristo, sosteniendo la fe vacilante frente a las vicisitudes de la vida. Por otro lado, conduce hacia el sacramento del perdón y la Eucaristía, sorprendiendo a quien está lejos o desinteresado respecto a Dios con la fascinación interior de la conversión. El Santo constituye para muchos cristianos quizás el único punto de referencia concreto, adecuado para favorecer y explicar en el caos de la vida una relación con Dios.

Esas gracias se han puesto de manifiesto a través de sus milagros.

LA MULA

Durante un sermón de Antonio sobre la Eucaristía, un hereje endurecido se alzó gritando: “¡Yo creeré que Cristo está verdaderamente en la hostia consagrada, si veo a mi mula arrodillarse ante la Custodia!”. El Santo aceptó el desafío. Tuvieron en ayunas durante tres días al pobre animal y, en el lugar y momento convenidos, Antonio se adelantó con la Custodia y el hereje con su mula que, aunque hambrienta, dejó la avena que le ofrecía su amo para arrodillarse ante el santo Sacramento.

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EL PIE REINJERTADO

Un hombre llamado Leonardo, refirió en confesión a Antonio que había dado una patada a su madre con tal violencia, que la había hecho rodar por el suelo. Con profundo pesar, Antonio comentó: “El pie que golpea a la madre o al padre, merecería ser cortado al instante”. El joven sin comprender el verdadero sentido de estas palabras, lleno de remordimiento por la falta cometida y por las duras palabras del Santo, al volver a casa no dudó en cortarse el pie. La noticia de un castigo tan cruel se difundió en un abrir y cerrar de ojos por toda la ciudad, y llegó hasta oídos del siervo de Dios. Antonio se dirigió a toda prisa a casa de éste y, después de una angustiada devota oración, unió a la pierna el pie cortado, haciendo la señal de la Cruz.

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LA VISIÓN

Una vez en que el beato Antonio se encontraba en una ciudad para predicar, fue hospedado por una persona del lugar. Éste le asignó una habitación separada, para que pudiera entregarse tranquilo al estudio y a la contemplación. Mientras rezaba, solo, en la habitación, el propietario multiplicaba sus idas y venidas por su casa.

Mientras observaba con atención y devoción la habitación donde rezaba San Antonio solo, ojeando a escondidas a través de una ventana, vio entre los brazos del beato Antonio a un niño hermoso y alegre. El Santo lo abrazaba y lo besaba, contemplando su rostro incesantemente. Aquel hombre, asombrado y extasiado por la belleza del niño, pensaba por sus adentros de dónde habría venido un niño tan gracioso.

Aquel niño era el Señor Jesús. Y fue el mismo Niño Jesús quien reveló al beato Antonio que el huésped los estaba observando. Después de una larga oración, acabada la visión, el Santo llamó al propietario y le prohibió que revelara a nadie, mientras él viviera, lo que había visto.

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EL SERMÓN A LOS PECES

Cuando S. Antonio llegó a una ciudad en manos de herejes, se encontró que no tenía a quien dirigirle la palabra, por cuanto se había impartido la orden de no escuchar su prédica. Camina pensando y orando y cuando se aproxima al mar, comienza a llamar a su auditorio: “Venid vosotros, peces, a escuchar la palabra de Dios, ya que los hombres no se dignan a hacerlo”. Y al momento aparecen millares de peces, ordenados y palpitantes, a escuchar palabras de exhortación y alabanza. Para los herejes la curiosidad es más fuerte que la orden recibida por parte de los dirigentes; a la curiosidad sigue la maravilla y el entusiasmo; con la emoción surge el arrepentimiento y el retorno a la Iglesia.

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LA CONVERSIÓN DE EZZELINO

El déspota, arrogante, pérfido y cruel tirano Ezzelino da Romano, al principio de su tiranía, había llevado a cabo un enorme secuestro de hombres en Verona.

El padre intrépido, en cuanto se enteró de lo sucedido, se arriesgó y fue a hablar con éste en persona, a la ciudad de Verona, donde residía el tirano.

Y lo enfrentó con las siguientes palabras:

“Oh enemigo de Dios, tirano despiadado, perro rabioso, ¿hasta cuándo seguirás derramando sangre inocente de cristianos? ¡Tienes sobre ti la sentencia del Señor, terrible y durísima!”.

Y muchas otras expresiones vehementes y desagradables le dijo a la cara. Sus soldados, estaban a punto de atacar, esperando que Ezzelino, como siempre, diera la orden de despedazarlo. Pero sucedió todo lo contrario, por disposición del Señor.

De hecho, el tirano, impresionado por aquellas palabras del hombre de Dios, abandonó su crueldad, y se convirtió en un manso cordero. Después, colgándose su cinturón al cuello, se inclinó ante el hombre de Dios y confesó humildemente los propios crímenes, asegurando que, según su beneplácito, repararía el mal cumplido.

Y añadió: “Compañeros de penas y fatigas, no os sorprendáis por esto. Os digo de verdad, que he visto irradiar del rostro de este padre una especie de luz divina, que me ha atemorizado hasta el punto que, delante de una visión tan abrumadora, he tenido la sensación de precipitarme rápidamente en el infierno”.

A partir de aquel día, Ezzelino tuvo siempre una gran devoción al Santo y, mientras vivió, evitó hacer muchas atrocidades que habría querido cometer, según lo que el propio tirano confiaba (Benignitas 17,42-47).

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EL CORAZÓN DEL AVARO

En Toscana, gran región de Italia, se estaban celebrando solemnemente, como sucede en estos casos, las exequias de un hombre muy rico. Al funeral estaba presente nuestro San Antonio, que, movido por una inspiración impetuosa, se puso a gritar que el muerto no tenía que ser enterrado en un sitio consagrado, sino a lo largo de las murallas de la ciudad, como un perro.

Y esto porque su alma estaba condenada al infierno, y aquel cadáver no tenía corazón, como había dicho el Señor según el santo evangelista Lucas: Donde está tu tesoro, allí está también tu corazón.

Ante esta exhortación, como es natural, todos se quedaron estupefactos, y tuvo lugar un encendido cambio de opiniones. Al final se abrió el pecho del difunto. Y no se encontró su corazón que, según las predicciones del Santo, fue encontrado en la caja fuerte donde conservaba su dinero.

Por dicho motivo, la ciudadanía alabó con entusiasmo a Dios y a su Santo. Y aquel muerto no fue enterrado en el mausoleo que se le había preparado, sino llevado como un asno a la muralla y allí enterrado. (SICCO POLENTONE, Vita di sant’ Antonio, n. 35).

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EL RECIÉN NACIDO QUE HABLA

Una mujer en Ferrara fue salvada de una terrible sospecha. El Santo reconcilió a la consorte con el marido, un personaje ilustre, una persona importante de la ciudad. Hizo un verdadero milagro, al hacer hablar a un recién nacido, que tenía pocos días de vida, y que contestó a la pregunta que le había hecho el hombre de Dios.

Aquel hombre estaba tan furioso a causa de los infundados celos hacia su mujer, que ni siquiera quiso tocar al niño que acababa de nacer algunos días antes, convencido de que era fruto de un adulterio de la mujer.

San Antonio tomó al recién nacido en brazos y le habló: “Te suplico en nombre de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nacido de María Virgen, que me digas en voz clara, para que todos puedan oírlo, quién es tu padre”.

Y el niño, sin balbucear como hacen los niños pequeños, sino con una voz clara y comprensible como si fuera un chiquillo de diez años, fijando los ojos en su padre, ya que no podía mover las manos, ligadas al cuerpo con las fajas, dijo: “¡Éste es mi padre!”. Se giró hacia el hombre, y el Santo añadió: “Toma a tu hijo y ama a tu mujer, que está atemorizada y se merece toda tu admiración”(SICCO POLENTONE, Vita di s. Antonio, n. 37).

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EL JOVEN RESUCITADO

En la ciudad de Lisboa, de donde era oriundo San Antonio -mientras todavía estaban vivos los parientes del Santo, la madre, el padre y los hermanos-, había dos ciudadanos, que eran enemigos y se odiaban mucho. Sucedió que el hijo de unos de éstos, un chiquillo, se encontró con el enemigo de la familia, que vivía cerca de los padres del beato Antonio.

Éste, despiadado, tomó al chico, lo llevó a su casa y lo mató. Después, por la noche, entró en el jardín de la familia de Santo, excavó una fosa, enterró allí el cadáver, y después huyó.

Al ser el joven hijo de una persona noble, se empezó a investigar sobre su desaparición, y se supo que había estado por el barrio donde vivía el enemigo. Se registraron su casa y su huerto, pero no se descubrió ningún indicio. Haciendo una inspección en el jardín de la familia del beato Antonio, se encontró al chico, enterrado en el huerto. Entonces la justicia del rey hizo arrestar, como asesinos del joven, al padre de San Antonio con todos los de casa.

El beato Antonio, a pesar de estar en Padua, se enteró de lo ocurrido, por intervención divina. Por la noche, pedido el permiso al guardián del convento, pudo salir. Y mientras caminaba en medio de la noche, fue con divino prodigio transportado hasta la ciudad de Lisboa. Entrando en la ciudad por la mañana, se dirigió al juez, y empezó a rogarle que absolviera a aquellos inocentes de la acusa y los dejara libres. Pero el juez no quiso hacerle caso bajo ningún motivo, y entonces el beato Antonio ordenó que lo condujeran delante del chico asesinado.

Delante del cuerpo, le ordenó que se levantara y dijera si lo habían asesinado sus familiares. El chico se despertó de la muerte y afirmó que los familiares del beato Antonio no tenían nada que ver con el delito. Consecuentemente, fueron absueltos y liberados de la cárcel. El beato Antonio se quedó haciéndoles compañía todo el día. Después, por la noche, salió de Lisboa y a la mañana siguiente estaba en Padua de nuevo (Bartolomeo da Pisa 4,19-32).

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