Palabras de san Antonio

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Del sermón de san Antonio del I domingo después de Pentecostés (tomado de: Fray Contardo Miglioranza, “San Antonio de Padua. Magisterio Espiritual a través de sus sermones”, Buenos Aires, Misiones Franciscanas Conventuales, 2009, 191-192:

Ya que la caridad es más importante que las demás virtudes, procuremos ponderar algunos aspectos, con una meditación breve pero particular.

El amor hacia Dios y hacia el prójimo es, por cierto, la misma forma del amor, ya que Dios es Amor. Este precepto del amor, por el cual tú has de amar a Dios por sí mismo y con todo el corazón, y al prójimo como a ti mismo, ha sido establecido por Dios; y has de amarlo por el mismo fin y por el mismo motivo por los cuales debes amarte a ti mismo.

Tú debes amarte en el bien y por Dios; igualmente, debes amar al prójimo en el bien y por Dios, y no en el mal. Y por prójimo debes entender a todo hombre, porque no hay nadie con el cual se deba obrar mal.

¿Cómo se debe amar a Dios? He aquí el criterio: Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, o sea, con toda la inteligencia, con toda el alma, o sea, con la voluntad, y con toda la mente, o sea, con la memoria. De esa manera concentrarás todos tus pensamientos, toda tu vida y toda tu inteligencia en Aquél, del que recibes lo que le ofreces.

Al hablar así, Jesús no deja libre ninguna parte de nuestra vida. Todo lo que pasa en nuestra alma, es proyectado allí, hacia donde corre el ímpetu del amor.

San Juan en su primera carta (4, 9) nos ofrece muchas reflexiones acerca del amor de Dios y del prójimo, y nos invita a vivirlo: De esta manera se ha manifestado el amor de Dios por nosotros: Dios Padre envió a su Hijo Unigénito al mundo, para que por Él tuviésemos la vida.

¡Qué grande fue el amor del Padre hacia nosotros! Él nos envió a nosotros, para nuestro bien, a su Hijo Unigénito, para que, viviendo por Él, lo amáramos. ¡El vivir sin Él es morir, y el que no ama permanece en la muerte! (1 Jn 3, 14). Si Dios tanto nos amó hasta darnos a su Hijo dilecto, por el cual lo hizo todo, también nosotros debemos amarnos recíprocamente. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros (Jn 13, 34).

El rico Epulón, que no observó este mandamiento, permaneció en la muerte. Es como si hubiese sido sepultado en vida, porque no amó la vida, que es esencialmente amor. Él pecó, porque trastornó el mandamiento.

San Agustín afirma: Cuatro cosas se han de amar: la primera es Dios, que está por encima de nosotros; la segunda, lo que somos nosotros, o sea, nuestra alma; la tercera, lo que está a nuestro lado, o sea, el prójimo; la cuarta, lo que está debajo de nosotros, o sea, el cuerpo. El rico Epulón, en cambio, amó primero y principalmente su cuerpo, despreocupándose de Dios, de su alma y del prójimo; por eso, fue condenado.

San Bernardo observa que debemos considerar nuestro cuerpo como un enfermo, que se nos ha confiado. A él se le deben rehusar muchas cosas inútiles, aunque las quiera; y, al contrario, se le deben suministrar las cosas útiles, aunque no las quiera.

Con el cuerpo debemos comportarnos como si no fuera nuestro, sino de Aquel que lo compró a caro precio, para que lo glorifiquemos en nuestro cuerpo (1 Co 6, 20). Cuidémonos, pues, para no merecer los reproches del Señor a través del profeta Ezequiel: Tú, oh alma, te olvidaste de mí y me pospusiste a tu cuerpo; por esto, ahora soporta tu pecado y tus inmoralidades (Ez 23, 35).

Debemos, sí, amar el cuerpo, pero en el cuarto y último lugar; no como si viviéramos por él, sino como si sin él no pudiéramos vivir. De la miserable vida del cuerpo se digne el Señor llevarnos a Él, que es la vida eterna.

 

 

 

 

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